El ser humano siempre ha vivido bajo la comprensión de que todo se desarrolla en base a ciclos.  Ciclos de vida personal, familiar y social, así como también los ciclos de la naturaleza, están inscritos en el curso de la existencia de nuestro universo. Dentro de esos ciclos, esta semana vivimos el inicio de un nuevo ciclo de la vida en el hemisferio sur, marcado por el solsticio de invierno, un acontecimiento que ocurre cada año entre el 21 y 24 de junio, que acoge la noche más larga del año, cuando el sol alcanza su punto más lejano en el hemisferio norte y comienza a avanzar de regreso al hemisferio sur, abriendo paso a un nuevo ciclo de fecundidad de la tierra que nos acoge.

En todas las culturas se han llevado a cabo ritos y celebraciones relacionados con este acontecimiento, viendo en él una etapa muy importante del ciclo de la vida en la naturaleza, así lo hacen desde siempre nuestros pueblos originarios: Los mapuches lo hacen realizando el Wetripantu, en el mundo Aymara es el Willkakuti Retorno del Sol, y en la cultura Incaica es el Inti Raymi, La fiesta del sol. Mientras que para el pueblo Selk’nam es Xóosink, tiempos de nieve

El solsticio de invierno era tomado por las civilizaciones antiguas como el momento en el que el Sol vencía a las tinieblas, era símbolo de vida y luz (Aunque se toma un día en realidad ese punto máximo dura apenas un minuto). Durante siglos en cientos de tradiciones se ha hablado con diferentes simbolismos de esta eterna lucha entra la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, pero en todas ellas la luz, el bien, siempre vence.

Todo y todos somos luz y oscuridad, Yin y Yang, todo en el universo está compuesto de fuerzas opuestas, nada es totalmente bueno ni totalmente malo. Hemos de aceptar tanto nuestras partes positivas como las negativas. Si no vemos la oscuridad, no podremos brillar completamente.

Si lo llevamos a nuestra vida, en nosotros representaría la parte que no podemos ver, sin que esto quiera decir que no exista. Lo que no nos gusta de nosotros mismos. Pero para llenarnos de luz, no basta con esconder lo que no queremos mostrar, hay que reconocer primero la parte oscura que nos negamos como referencia.

El solsticio de invierno llega para muchos como un momento de nostalgia, recogimiento, en el que nos sentimos más lentos, cansados y puede que menos motivados para emprender nuevos propósitos.

En concreto, el solsticio de invierno tiene que ver con el fin de la madurez y el comienzo de la muerte, pero una muerte entendida como transformación y renacimiento. Un momento que nos invita a la introspección, a mirar hacia dentro para cambiar lo que ya no nos sirve, a observar los objetivos logrados y evaluarlos, y los no alcanzados, y tras un periodo de “letargo” conseguir la fuerza necesaria para regenerarnos y reaparecer en el mundo con energía suficiente para comenzar nuevos proyectos. Es el momento de desechar lo que no nos gusta de nosotros y poco a poco, al llegar la primavera, ver la luz y potenciar todo lo bueno que tenemos dentro.

Es un momento para reflexionar y para perdonar y perdonarnos, para dejar atrás nuestros resentimientos y las excusas que nos impiden seguir adelante, todo aquello que nos hace permanecer en la oscuridad más tiempo del necesario, y que nos impide avanzar en nuestro crecimiento personal.

En medio de esta situación sanitaria, en donde tantas personas han vivido y viven momentos de profundo dolor por ver partir a sus seres queridos, y en el que a todos nos tiene en medio de incertidumbres, deseando que pronto podamos volver a vivir como lo hacíamos antes, sería crecedor, sanador, esperanzador, poder aprovechar la llegada del invierno, de este nuevo solsticio, para mirar hacia nuestro interior, y ver que hay en nuestro corazón, reflexionando, personal y familiarmente, en aquello que podríamos renovar, cambiar, renacer, sin juicio, miedo, nostalgia ni culpa, si no más bien, con esperanza, alegría, y, compromiso.

Departamento de Filosofía y Espiritualidad.